Comentario Nº 116, 1 de julio de 2003
Sentido común sobre las armas perdidas
La incapacidad de Estados Unidos para dar con el famoso almacenamiento de "armas de destrucción masiva" en Iraq (o WMD, como las llaman los titulares de los periódicos), se ha convertido en un problema embarazoso para el régimen de Bush, y aún más para Tony Blair (así como para el gobierno español). En la prisa por justificar la guerra, lo menos que se puede decir es que los gobiernos estadounidense y británico exageraron su alegato, y quizá mintieron descaradamente.
¿Qué importancia tiene eso? ¿Y qué significa? Hay varias cuestiones entremezcladas en la discusión. Primera: ¿cuántas armas tenía realmente Saddam Hussein, si es realmente tenía alguna, y cuándo las tuvo? Segunda: si tenían armas, ¿por qué no las utilizaron? Tercera: si había armas, ¿dónde están ahora? Cuarta: ¿qué importancia le daban realmente Bush y Blair a la cuestión de las armas? Quinta: ahora que las tropas estadounidenses están en Bagdad, ¿está el mundo más a salvo de cualquier amenaza que esas armas supuestamente plantearan? Es una madeja muy enredada de cuestiones, y mucha gente está interesada en que siga enmarañada, obstaculizando el análisis crítico.
¿Cuántas armas tenía Hussein? Rumsfeld dice ahora que antes de la guerra nadie (ni siquiera los críticos de la política estadounidense) dudaba de que tenía algunas; ¿por qué tanta cantilena entonces sobre la ausencia de descubrimientos? Las armas estaban allí, están allí, y allí serán descubiertas, dice. Evidentemente tiene parte de razón. Casi nadie dudaba de la existencia de algunas armas. Yo mismo no dudaba de ello. La cuestión es si esas armas representaban una amenaza significativa e inminente para el mundo. Estados Unidos insistió en que sí, y la mayor parte del resto del mundo disintió de esa valoración clamorosamente.
Ahora parece que Saddam pudo realmente deshacerse de la mayoría de esas armas, si no de todas, en los meses previos al comienzo de la guerra. Sin duda se sentía presionado a hacerlo. Pero eso era precisamente lo que Hans Blix y el gobierno francés argumentaban cuando decían que las inspecciones de la ONU estaban "funcionando". Parece que Estados Unidos ha podido descubrir a un científico iraquí que admite que en su jardín se enterraron documentos detallados con respecto a la construcción de armas nucleares... hace una década. Y al parecer asegura que Saddam lo ordenó porque planeaba poner en marcha los planes una vez que se levantaran las sanciones. Eso me parece posible. ¿Pero y qué? Volveremos luego sobre esa cuestión.
¿Tenía Saddam en efecto armas operativas? Recordemos que Tony Blair dijo al parlamento británico que podía ponerlas en funcionamiento en 45 minutos. En tal caso, ¿por qué no las utilizó? Es seguro que así habría conseguido al menos algún impacto militar. No hay buenas respuestas a esa pregunta si asumimos los escenarios sobre los que advertía Estados Unidos. Quizá Saddam fue más inteligente que todo eso. Quizá se imaginó que perdería la batalla militar inmediata hiciera lo que hiciera, y lo importante era no perder el apoyo de sus seguidores. En ese caso, quizá les dijo que se dispersaran, después de lo cual podrían lanzar o alentar una campaña de sabotajes con el doble propósito de sembrar el desorden y destruir la infraestructura y los rastros. Eso podría entonces crear un desbarajuste importante que Estados Unidos sería políticamente incapaz de resolver (dada la complejidad de las tensiones sociales en Iraq), y él podría iniciar una guerra de guerrillas agotadora. ¿Les parece demasiado inteligente? Tal vez. Quizá Estados Unidos obtuvo ese resultado sin ninguna planificación por parte de Saddam.
Si tenía esas armas, ¿dónde están ahora? Unos cuantos planos en un jardín y dos camiones que acaso se podrían utilizar en el futuro para fabricar armas biológicas (y que en cualquier caso les habían sido vendidas por los británicos) no es un gran trofeo para dos meses de búsqueda. Sé que Iraq es un país grande, pero presumiblemente las fuerzas armadas estadounidenses son capaces de llevar a cabo la búsqueda, especialmente si antes de que se iniciara la guerra disponían, como aseguraban, de informes de inteligencia sobre su ubicación. ¿Están ahora en Siria? No es probable, ya que en tal caso probablemente el ejército estadounidense estaría ya allí. ¿Aparecerán enterradas en algún silo bajo el desierto? Quizá. ¿Por qué Estados Unidos se muestra entonces renuente a dejar que las busquen los inspectores de la ONU? No huele muy bien que digamos.
¿Pero le preocupaba realmente a Estados Unidos sí Iraq tenía o no esas armas? La respuesta es no y sí. No, en un sentido muy importante. Los halcones estadounidenses querían invadir Iraq a fin de invadir Iraq, esto es, para mostrar al mundo que Estados Unidos podía hacerlo, sólo por ser un indeseable foco anti-estadounidense en Oriente Medio. Aunque todos los miembros del régimen de Bush hubieran estado absolutamente seguros de que no había ni nunca había habido armas de destrucción masiva en Iraq, Estados Unidos lo habría invadido. Después de todo, Wolfowitz dijo que la insistencia sobre esas armas era sólo una cuestión de conveniencia burocrática, con lo que quería decir que era el tipo de argumento que podía inducir a personas vacilantes en el congreso estadounidense y a la opinión pública a apoyar la acción bélica, pero nunca fue la auténtica razón.
Pero por otra parte Estados Unidos sí estaba preocupado por las armas de destrucción masiva, en el sentido de que está decidido a que ningún otro país ni fuerza en el mundo esté en condiciones de ponerle límites significativos, y menos aún militarmente. Eso significa, como he dicho repetidamente, que Estados Unidos no puede tolerar que la Unión Europea sea políticamente independiente de Estados Unidos, ni tampoco que ningún otro país posea armas nucleares.
Por supuesto, hay algunos otros países –el Reino Unido, Rusia, Francia, China, India, Pakistán e Israel– que ya las tienen. Y Estados Unidos sabe que le resultaría imposible dar marcha atrás al reloj. Pero la política estadounidense consiste en impedir que cualquier otro país que esté presumiblemente en condiciones de desarrollar tales armas durante la próxima década lo haga. No se trata únicamente de Corea del Norte e Irán, ni siquiera de Libia, Egipto o Argelia. También están Japón, Corea del Sur, Kazajstán, Ucrania, Bielorrusia, Alemania, Sudáfrica, Brasil y Argentina. Es una larga lista, pero posiblemente haya docenas más de países en situación parecida.
El razonamiento de Estados Unidos es realmente muy simple. El daño que podría hacer una única y pequeña bomba atómica lanzada en el curso de una guerra es suficiente para que el precio que tuviera que pagar Estados por una intervención militar fuera muy alto, quizá demasiado alto. Estos días se habla mucho de la guerra asimétrica, dando a entender con ello que Estados Unidos está tan por delante de cualquier otro país en términos de armamento que necesariamente saldría vencedor en cualquier guerra. Pero las llamadas armas de destrucción masiva pueden acabar con esa asimetría, dado el impacto político que el uso de tales armas contra Estados Unidos tendría sobre la opinión pública estadounidense y su disposición a apoyar la guerra.
Por eso es comprensible que Estados Unidos trate de frenar la proliferación nuclear. Sin embargo, hay que decir que esa pretensión es inviable, ya que cambiar los gobiernos (el famoso cambio de régimen) no resuelve en absoluto el problema. Basta recordar que quien inició el programa nuclear de Irán no fueron los ayatollah sino el Shah, al que Estados Unidos había instalado en el poder, y que fue instigado por los israelíes, que veían a Irán como un freno a Iraq. También cabe recordar que el programa de armas biológicas de Iraq recibió el apoyo británico y estadounidense cuando vieron a Iraq como un freno a Irán, y así sucesivamente.
La invasión estadounidense de Iraq no ha frenado sino acelerado los programas de fabricación de armas de destrucción masiva en todas partes. Por otra parte, Estados Unidos se ve ahora atrapado en una larga y agotadora ocupación de Iraq, que ha disminuido, no aumentado, su capacidad de proteger sus intereses en todo el mundo. El 30 de junio el Financial Times se preguntaba si Iraq no se habría convertido en la Chechenia de Bush, quien tendrá que rendir cuentas por el uso cínico que hizo de la cuestión de las armas de destrucción masiva cuando los soldados estadounidenses vayan cayendo bajo el fuego creciente de la guerra de guerrillas que se ha iniciado.
George W. Bush aprenderá las lecciones de cualquier gobernante: hay límites al poder, especialmente si no se utiliza con prudencia e inteligencia. En la historia reciente rara vez se ha utilizado tan imprudente y torpemente.
Immanuel Wallerstein (1 de julio de 2003).
© Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.
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